Biografía

 

 

Por: Jorge Isaacs

 

Nací en el Estado del Cauca (basta eso) el 1º de abril de 1837. Fueron mis padres: el señor Jorge Henrique Isaacs, súbdito inglés, que solicitó carta de naturaleza en Colombia a la edad de 20 años, y la obtuvo del Libertador en 1829; la señora Manuela Ferrer, colombiana de nacimiento.

Recibí instrucción primaria en una escuela de Cali y en otra de Popayán (la del señor Luna). En 1848 empecé a estudiar en Bogotá en el colegio del Espíritu Santo, del doctor Lorenzo María Lleras; más tarde cursé también en San Buenaventura y San Bartolomé.

En 1864 publicaron un tomo de versos míos los miembros de la sociedad literaria que aún tiene el nombre del “Mosaico” y de la cual eran los miembros más notables los señores José María Samper, Ricardo Carrasquilla, José María Vergara y Vergara, Salvador Camacho Roldán, Manuel Pombo, José Manuel Marroquín, Eugenio Díaz y David Guarín.

En 1867 se hizo la primera edición de la novela María, la segunda en 1869, etc., etc.

En 1867 fui redactor de La República, periódico que se fundó por la fracción moderada del antiguo partido conservador. Durante los primeros meses en que estuve dedicado a estos trabajos, como desde 1864, fui colaborador de varios periódicos literarios.

Cuando redacté La República creía aún posible poner de todo en toda la fracción avanzada del partido conservador al servicio de la república democrática. En 1868 y 1869, siendo diputado al Congreso Nacional, obtuve el doloroso desengaño y empecé a ser víctima de la demagogia ultramontana y de la oligarquía conservadora. Se me había educado “republicano” y resulté ser soldado insurgente en las filas del partido conservador. Ahora puedo explicarme eso satisfactoriamente.

En 1871 y 1872 desempeñé (a satisfacción del gobierno nacional) el consulado de Colombia en Chile. Colaboré, ya con escritos literarios, ya con otros de diferente clase, en algunos diarios y periódicos chilenos y argentinos.

En 1872 (noviembre), a pesar de haberme instado el poder ejecutivo nacional para que permaneciera en Chile dos años más, insistí en dejar tal empleo, después de haber terminado los trabajos que el gobierno me había dado instrucciones para concluir, convenciones, etc.

Desde febrero de 1873 hasta hoy he vivido consagrado a los trabajos de agricultura en el Valle del Cauca.

Nada que me satisfaga he podido aún hacer en bien y honor del país donde nací, nada que merezca la gratitud de mis compatriotas; pero todavía me halaga la esperanza y a veces creo tener fuerzas para esperar un mejor porvenir (…).

Adición. Agreguemos algo, por si es útil a este triste examen de conciencia.

Desde abril de 1860 hasta diciembre del mismo residí en la capital del Estado de Antioquia y en los pueblos del sur, y en Sonsón.

Regresé al Cauca en 1861, con motivo de la muerte de mi padre y, por haberlo ordenado él así, hube de hacerme cargo de sus intereses hasta 1863. Manejando sus haciendas en aquella época escribí en las veladas los dramas que conservo inéditos y varias de las poesías publicadas por la sociedad del “Mosaico”.

En 1864, al regresar de Bogotá, serví durante un año, hasta octubre de 1865, el destino de subinspector en las tierras de La Castilla y riberas del Dagua. Entonces hice los borradores de los primeros capítulos de María, en las noches que aquel rudo trabajo dejaba libres para mí. Perdida la salud en esos climas, volví a Bogotá en 1866.

Empecé a ser soldado en 1853; tenía a la sazón dieciséis a dieciocho años, y batallé en la campaña que se hizo en el Cauca contra la dictadura de Melo.

La revolución de 1876 me sorprendió, o mejor dicho, me encontró haciendo preparativos contra ella en los municipios del norte del Cauca, según el plan acordado con el doctor Conto. Tomado el norte del Cauca por los revolucionarios, no pude regresar al lado del presidente Conto; atropellando todo peligro y dificultad, fui a poner en conocimiento del doctor Parra la fuerza efectiva con que contaba la revolución y el carácter que asumía. Mucho sirvió eso. Volví a salir de Bogotá el 5 de agosto, después de cuatro días de permanencia allí; atravesé por en medio de enemigos desde las orillas del Magdalena hasta Tierra Adentro; transmonté la cordillera; el 23 de agosto estaba ya en Cali, pudiéndole comunicar al coronel Vinagre Neira la orden del doctor Parra para combatir en “Los Chancos” con los Zapadores, y ya antes había logrado avisarle al general Trujillo, desde el Valle del Tolima, que no debía combatir hasta la llegada de la Guardia Colombiana a su campamento; el 31 de agosto me batí como capitán del “Zapadores” en la batalla de “Los Chancos”.

Cuando forcé el paso de Otún, el 13 de noviembre del 76, con dos batallones de la tercera división y el “14 de María”, para que pudiera efectuarse el movimiento que desconcertó a los defensores de las riberas del Otún, pasando el ejército por las montañas del Nudo, era sargento mayor y jefe del estado mayor de la tercera división del ejército del sur.Hice la campaña por la banda occidental del Cauca con el general Payán (ya me era hostil el general Trujillo, porque conocía mi adhesión a Conto, por cuyas venas corre la misma sangre que en las mías), y terminé la campaña con la recuperación de Popayán el 26 de abril de 1877. Volví fervoroso a la tarea de la instrucción pública sin quitarme la blusa de soldado, única riqueza que saqué de la campaña.

* * *

Yo era aún niño cuando me enamoré. Mi novia era una muchachita de catorce años, fresca como los claveles del Paraíso, y tímida como una cuncuna recién aprisionada. Yo era todo corazón (y así moriré) y ese corazón era todo, todo de ella. Aquella mujer tan pura y amorosa era mi sueño de todas las horas, mi sueño de los dieciocho años, vivo, encarnado por un milagro. Después… vino la guerra. Año y medio estuve ausente. Los desastres de intereses de mi familia por la muerte de mi padre, me dejaron sin camino y sin porvenir. Tomé la primera senda enmarañada que se presentó. En 1864 dijeron en Bogotá que yo era poeta. Un año cruel pasé después en los desiertos del Dagua. Dos años más, ausente de mi tierra, de junio del 66 a junio del 68. Ahora hace quince meses que estoy aquí lleno de fe ardiente, de valor para soportar penas y vigilias sin número, de juventud eterna en mi alma, de esperanza para lo porvenir.

* * *

Semanas después de haber vuelto a Bogotá, supúseme que podía revivir un contrato para la explotación de hulleras en la Costa Atlántica. Preocupóme el deseo de no perder las penalidades que me costó descubrir y estudiar las de Aracataca. Supe desde 1882 los puntos de la costa guajira en que hay otras carboneras ricas, y sé, también, que las hay ricas por extremo en el Golfo de Urabá. Se dificultó mucho hacer un contrato, porque se me adosaron personas antipáticas para el general Campo Serrano: él deseaba celebrar el contrato conmigo, pero conmigo solo. Así quedó concluido el 24 de junio, como lo verá usted en el Diario Oficial. El gobierno asió de esta manera la oportunidad de convertir en rica fuente de riqueza para el país la explotación de las carboneras en la Costa Atlántica, y acaso tuvo presente también la circunstancia de que yo hallé las que mencioné antes, y de que yo, y no otro, sabía dónde estaban las otras.

Esta empresa es de gran magnitud y de éxito asegurado, según los apoyos que en los Estados Unidos y en París tendré. Necesito recorrer de nuevo los puntos de la costa donde están las carboneras y estudiarlas completamente: hecho así, será preciso, tal vez, ir a Nueva York, según opina el agente poderoso que tendré allá. Será un año de dura labor, de esfuerzo; pero el buen resultado es seguro.

Para emprender los trabajos, viajes, etc., iniciales, es preciso procurarme $ 5.000 a $ 6.000, y eso me retiene aquí aún; será preciso, en cambio de tal suma, dar y asegurar buenas ventajas; así lo haré con toda mesura.

Necesito descansar dos meses en Ibagué con mi familia: estoy muy flaco y fatigado; en ese tiempo concluiré aquel libro, como lo dije antes.

* * *

Sé cuánto le complacerá saber que he coronado felizmente la durísima labor a que he tenido que consagrarme desde 1882, y creo poderle comunicar pronto que el éxito que me tienen anunciado desde París los señores R. Samper y Cía. está obtenido; que ya no estaré detenido, confinado con mi familia en este lugar de penalidades para nosotros en once años, donde sólo de tiempo en tiempo he podido pasar unos meses, batallando por la vida lejos de aquí, casi hasta caer muerto.

Mi salud se quebrantó mucho en los últimos 22 meses. Contraje una afección palúdica que ha sido muy difícil y arriesgado vencer. Me siento ya mejor de las dolencias físicas; las del alma no son temibles porque está vigorosa y entera.

 

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 137, Bogotá, 1º de junio de 1972, pp. 16-19.

 

 

Por: María Teresa Cristina Z.

 

Escritor vallecaucano (Cali, abril 1 de 1837 – Ibagué, abril 17 de 1895). A Jorge Isaacs le correspondió vivir en el agitado período de consolidación de la República, de las luchas entre los poderes militar y civil, de las sucesivas guerras civiles en las cuales participó (1854, 1861, 1876, 1880 y 1885); período que va desde la presidencia de José Ignacio de Márquez hasta la de Miguel Antonio Caro, durante el cual se sucedieron y aplicaron tres Constituciones (la radical de 1853, la federal de Rionegro de 1863 y la centralista de Núñez de 1886); período en el que el país vivió el auge del utopismo radical de la época de José Hilario López, del Tomás Cipriano de Mosquera liberal y de Manuel Murillo Toro, y su crisis con el ocaso del Olimpo Radical y la Regeneración de Núñez. Isaacs se opuso a la Regeneración, hasta el punto de encabezar, en un gesto descabellado y romántico, la revolución radical de Antioquia en 1880.

Infancia: El Paraíso Perdido

Jorge Enrique Isaacs nació en Cali (o en Quibdó, como algunos biógrafos han sostenido, al parecer sin mucha razón). Tenemos pocos datos precisos acerca de los años de su infancia. Isaacs, siempre tan generoso en palabras, escribió muy lacónicamente en una carta autobiográfica de 1874: «Nací en el Estado del Cauca (basta eso) el 1 de abril de 1837. Fueron mis padres: el señor Jorge Enrique Isaacs, súbdito inglés, que solicitó carta de naturaleza en Colombia a la edad de 20 años y la obtuvo del Libertador en 1829; la señora Manuela Ferrer, colombiana de nacimiento. Recibí instrucción primaria en una escuela de Cali y en otra de Popayán (la del señor Luna). En 1848 empecé a estudiar en Bogotá en el Colegio del Espíritu Santo del doctor Lorenzo María Lleras; más tarde cursé también en San Buenaventura y San Bartolomé». George Henry Isaacs, un judío de origen inglés nacido en Jamaica, se estableció en el Chocó desde 1822, donde mediante la explotación minera aurífera y el comercio con Jamaica, logró amasar un buen capital. Más tarde, ya obtenida la ciudadanía colombiana, convertido al cristianismo y casado con Manuela Ferrer Scarpetta, se trasladó de Quibdó a Cali. Cerca de esta ciudad compró dos haciendas: La Manuelita en 1840 (sede hoy del famoso ingenio azucarero homónimo), y luego El Paraíso (propiedad de la familia entre 1855 y 1858), que será la “casa de la sierra”, escenario de María. Son muy escasas las referencias documentales acerca de los primeros años caucanos y bogotanos (a menos que se consideren como fielmente autobiográficos los capítulos de María que se refieren a la experiencia bogotana de Efraín). A pesar de que Isaacs estudió en Bogotá entre 1848 y 1852, es decir, durante los años del gobierno de José Hilario López y de las primeras reformas radicales, el futuro radical aguerrido no menciona los acontecimientos de esos años. Por el contrario, abundan en la poesía de Isaacs las reminiscencias líricas y nostálgicas de la infancia y de la casa paterna. La partida para Bogotá significó una ruptura decisiva en su vida, pues atrás quedaban los años edénicos de la inocencia, la compañía de los niños, los juegos infantiles evocados en poemas tempranos como “Mayo” (1860), “El primer beso” (1864), o tardíos como “El viejo soldado” (1890), en los que recuerda los días felices y aparecen en un marco idílico algunos personajes de María como la chica más juiciosa que lo enamora, el fiel perro Mayo, Felipe, el negro Juan Angel, Sinar y las historias que contaban los esclavos. En la poesía también evoca Isaacs el espacio idílico donde transcurrió su infancia: el río Nima de limpias aguas, sus guaduales, los bosques, las garzas de blancas plumas, las cuncunas, los rumores de hojas y aguas. La poesía de Isaacs, al igual que María, recuerda con frecuencia y nostalgia la casa paterna y la figura del padre, presente en toda su obra literaria, que aparece ya en el temprano poema “La tumba suya” (1861) y en el hermoso texto en prosa poética titulado “La luna en la velada” (1868).

En noviembre de 1852 Isaacs regresó a Cali, al parecer sin haber terminado los estudios de bachillerato. Ya la situación económica de la familia era difícil, lo cual no le permitió viajar a Inglaterra para estudiar medicina, como estaba previsto. Sabemos que en 1854 luchó en las campañas del Cauca, durante siete meses, contra la dictadura del general José María Melo. La guerra civil contribuyó a la ruina de las haciendas paternas, al faltar la mano de obra y la caña para moler. En noviembre de 1856 contrajo matrimonio con Felisa González Umaña, una joven de 14 años (la Selfia y Felisa de varios poemas) con la que tuvo una numerosa prole. Se dedicó al comercio en Cali, sin mucho éxito. Siguiendo sus inclinaciones, pensó dedicarse a la literatura dramática. A esta época (1859-1860) corresponden sus primeros poemas y sus dramas históricos: los inéditos Amy Robsart (1859), sobre el cual, años más tarde, formuló un riguroso juicio crítico; María Adrian (o Los Montañeses en Lyon) y el poco conocido Paulina Lamberti. En el año 1860 tuvo lugar el levantamiento de Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno central. Isaacs, que tenía entonces 23 años, tomó armas contra el general. Combatió en el puente de Cali y participó en la batalla de Manizales, del 28 de agosto. Este es su primer contacto con la tierra de Antioquia, que le fue siempre muy querida. El 16 de marzo de 1861 murió el padre. Dejó un buen patrimonio, pero también conspicuas deudas. Terminada la guerra, Isaacs volvió a Cali para encargarse de los negocios familiares, de acuerdo con la voluntad paterna. Tuvo que dejar a un lado sus intereses por la botánica, la anatomía, la medicina y, según él mismo afirmó, «caí de tan alto a un mostrador, sobre el cual, para no perder del todo el tiempo, me di a borrajear mis versos de muchacho». En un intento por salvar de la ruina las haciendas y los negocios, acudió a préstamos que no logró cancelar en los plazos establecidos. Dejó a su hermano Alcides al frente del disminuido patrimonio familiar, y viajó a Bogotá (1863). En 1864 se remataron las haciendas La Rita y La Manuelita, en subasta pública, las cuales fueron adquiridas por Santiago Eder en las dos terceras partes de su avalúo, sin que lo recaudado alcanzara para el pago de los numerosos acreedores.

La Fama Literaria. De Bogotá a Chile

Enredado en pleitos, Isaacs acudió en Bogotá a los servicios profesionales de José María Vergara y Vergara y de Aníbal Galindo. El primero de éstos se convirtió en su mentor literario, al presentarlo a los miembros de la tertulia de El Mosaico, quienes, después de oír la lectura de sus poemas, asumieron su publicación. Esto quedó consignado, excepcionalmente, en el acta de la tertulia de junio 24 de 1864, suscrita por destacados escritores, entre los cuales figuran José María Samper, José Manuel Marroquín, Ezequiel Uricoechea, Ricardo Carrasquilla José María Vergara y Vergara, Salvador Camacho Roldán, Diego Fallon y Manuel Pombo. Con algunos de ellos lo unirá una larga amistad. Por esa época también participó en las veladas en la casa de Miguel Antonio Caro, quien, años más tarde, después del paso de Isaacs al radicalismo, se convirtió en uno de sus acérrimos enemigos. En noviembre de 1864 el general Mosquera nombró a Isaacs subinspector de los trabajos del camino de herradura entre Buenaventura y Cali. Durante el año que desempeñó este cargo, en el campamento de La Víbora, en el clima adverso de las selvas hermosas pero malsanas del Dagua, viviendo como salvaje, aprovechando las horas nocturnas y de descanso, inició la redacción de María. Allí contrajo paludismo, enfermedad que lo llevó a una muerte prematura a la edad de 58 años. Al renunciar al cargo regresó a Cali, donde terminó la redacción de la novela. Al año siguiente lo encontramos en Bogotá, dedicado al comercio en su almacén, donde vendía mercancías importadas diversas: telas, ropa, mercería, herramientas, cristalería y «setecientos ochenta artículos más», según rezaba un aviso publicado en varios periódicos de la capital. María fue publicada en mayo de 1867 por la imprenta de José Benito Gaitán, en una edición de 800 ejemplares que se vendieron al precio de $ 1.60. El texto de esta primera edición fue revisado por Ricardo Carrasquilla, y el de la segunda (1869), por Miguel Antonio Caro. El éxito de la novela fue inmediato, no sólo en Colombia sino en toda la América Hispana. Jorge Isaacs se convirtió, según relatan sus contemporáneos, en uno de los hombres más admirados y solicitados de la capital, y en uno de los miembros más prometedores del partido conservador. Como tal, inició su actividad periodística y política. A mediados de 1870, convertido ya al partido radical, fue nombrado cónsul general en Chile. Camino hacia el sur, escribió sus “Notas” de viaje, que envió al Diario de Cundinamarca, en las que comentaba los progresos de la economía del Cauca en los últimos años de paz. Desde Chile envió, entre otros un interesante trabajo titulado “La Confederación Argentina”, en el que hace una reseña histórica y un elogio de la misma como modelo de progreso. En el desempeño de su actividad consular se esforzó por rectificar y mejorar la opinión que los chilenos tenían de Colombia; se esmeró por mejorar las relaciones comerciales entre los dos países. A su regreso al Cauca, adquirió, en sociedad con el chileno Recaredo Infante, la hacienda Guayabonegro, pero después del retiro del socio capitalista se vio obligado a declararse en quiebra. Intentó inútilmente venderla para cancelar deudas; finalmente, después de muchos pleitos, la hacienda fue embargada y luego vendida en subasta pública en 1878.

Política y Periodismo

Isaacs inició su actividad periodística en 1867. De filiación conservadora, al igual que su padre, a partir del 1 de julio y hasta el 4 de diciembre, dirigió La República, periódico conservador moderado fundado ese año. Aquí publicó regularmente los editoriales y varios artículos de tema principalmente político, pero también de tema social y económico. Su filiación política no le impidió pertenecer a la masonería. Su fama literaria y su desempeño en la redacción de La República le abrieron el camino de la política, a la que estuvo vinculado activamente hasta 1881. Fue elegido representante del Tolima al Congreso de 1868 y 1869, pero tuvo problemas con el ala más intransigente de su partido, por oponerse al indulto a Mosquera. Algunos biógrafos relatan que en el Congreso, cuando un copartidario le reprochó sus simpatías por el partido liberal, contestó: «Sí, he pasado de las tinieblas a la luz». Efectivamente, en 1869 Isaacs cerró filas con el radicalismo. Durante el resto de su vida fue uno de sus militantes más aguerridos. Esta conversión al radicalismo no le fue perdonada por muchos de sus antiguos copartidarios; le valió rencores y burlas hasta el final de su vida. El 1 de febrero de 1870 fue nombrado secretario general de la Cámara de Representantes. A su regreso de Chile, participó activamente en la política caucana. Con su primo César Conto, editó en Popayán el periódico doctrinario El Programa Liberal, donde sostuvo una enconada polémica contra los conservadores clericales y el periódico Los Principios de Cali. Suspendió la publicación del periódico a causa de la revolución de 1876, en la que participó, en la batalla de Los Chancos, al lado de su primo. En agosto de 1877 fue nombrado secretario de Gobierno del Cauca por el presidente Modesto Garcés, y por algún tiempo asumió simultáneamente la Secretaría de Hacienda. A finales del año viajó a Bogotá como diputado del Cauca a la Cámara de Representantes. Sus encendidos discursos contra el conservatismo y el clero, en defensa de las propuestas legislativas de los radicales, fueron aplaudidos por las barras de estudiantes y de obreros. Con algunos miembros independientes y radicales del Congreso firmó, el 13 de febrero de 1879, un acta en busca de la conciliación entre las facciones rivales de liberalismo. En 1879 fue elegido presidente de la Cámara. El día 6 de mayo de ese año, Isaacs y otros congresistas liberales que se oponían a leyes que favorecían al clero, fueron perseguidos por la calle y apedreados por grupos de fanáticos. A raíz de estos desórdenes, conocidos como la “lapidación del Congreso”, el presidente Julián Trujillo clausuró la corporación. Isaacs se negó a asistir a las sesiones extraordinarias y se marchó a Antioquia, como secretario del presidente Rengifo.

En junio de 1879 asumió por corto tiempo la dirección del periódico radical La Nueva Era, donde publicó inflamados editoriales y violentas diatribas contra los nuñistas y los conservadores. En Antioquia, la situación política se había vuelto notablemente crítica. Cuando los conservadores se levantaron contra el gobierno de Rengifo, los liberales reunieron voluntarios para defenderlo. En estas circunstancias, Isaacs se proclamó, en enero de 1880, jefe civil y militar de Antioquia, creyendo tener el apoyo del partido y del gobierno central. Pero al fallarle este apoyo, tuvo que rendirse con sus tropas tres meses después. A raíz de estos sucesos, fue expulsado de la Cámara. Después de esta aventura, no volvió a participar directamente en política. Fracasado el intento revolucionario antioqueño, se estableció con su familia en Ibagué, en una casita que le prestó Juan de Dios Restrepo. Publicó el Primer Canto del extenso poema titulado Saulo (1881) que quedó inconcluso. A finales del año, Rafael Núñez lo nombró secretario de la Comisión Científica, y comenzó su vida errante por diversas regiones del país. De regreso a Ibagué, enfermo y desencantado, pensó en irse a la Argentina por invitación del general Roca, y mientras tanto se dedicó a la lectura de Plutarco y de César; pero la guerra de 1885, «que tanto esfuerzo hice por impedir» y que calificó como «mi última locura de patriota», frustró su viaje y lo distrajo de sus lecturas. En agosto, «el desprestigiado Jorge Isaacs» fue capturado con sus hombres en el Tolima.

Isaacs, Educador

Esta es una de las actividades menos conocidas en la vida de Jorge Isaacs. Su preocupación por la educación fue muy temprana y duradera. Durante su consulado, había observado con interés la práctica de la enseñanza primaria en Chile y Argentina. A su regreso a Colombia, mientras intentaba vender la hacienda de Guayabonegro, aceptó en Palmira, en 1874, su primer cargo en la educación pública primaria. Desde ese momento propuso la creación de escuelas rurales diurnas y nocturnas. El año siguiente desempeñó la misma función en el Municipio de Cali, y a partir del 1 de diciembre de 1875 se posesionó como superintendente general de Instrucción Pública Primaria en el Estado del Cauca. Isaacs volvió a desempeñarse en educación como director de Instrucción Pública del Tolima, entre enero de 1883 y mayo de 1884. En todos estos cargos, siempre se preocupó por la calidad de la enseñanza, por la preparación y cumplimiento de los maestros y directores, por la aplicación y nivel académico de los alumnos, por la educación de la mujer, por las rentas y dotación física de las escuelas. Procuró la creación de escuelas nocturnas para adultos y para jóvenes trabajadores, de escuelas de agricultura y de oficios y la enseñanza de estos últimos en las escuelas públicas. Ordenó a los delegados de Instrucción Pública visitar periódicamente las escuelas de su municipio y rendir informes de cada visita. Se dedicó él mismo a visitar escuelas de varios municipios del Cauca. Insistió en la aplicación del método Pestalozzi, que consideraba el más conveniente. Isaacs siempre tuvo graves conflictos en su Estado con las autoridades eclesiásticas, por aplicar las leyes radicales acerca de la educación laica. El obispo de Popayán amenazó con la excomunión a los padres que matriculaban a sus hijos en las escuelas públicas o en la Normal Superior, prohibió la lectura de El Programa Liberal y excomulgó El Escolar (órgano oficial de la Superintendencia). En mayo de 1877, hordas de fanáticos ocasionaron destrozos en la Superintendencia y en la Escuela Normal. Sin embargo, Isaacs siguió preocupándose por la educación en el Congreso, como representante de Estado del Cauca.

Isaacs, Explorador

La Expedición Corográfica se había interrumpido poco después de la muerte de Agustín Codazzi, en 1859. El gobierno de Núñez quería continuar la exploración del país y de sus recursos. En 1881 se «ordena el establecimiento de una Comisión Científica permanente para el estudio de los tres reinos naturales de la república», con particular interés en el conocimiento y explotación de las minas, consideradas de gran importancia para el desarrollo material del país. La Comisión debía, además, especificar y describir «las plantas, resinas, aceites y frutos aplicables a la medicina y a la industria, completando estas nociones con los herbarios y las colecciones de muestras que proporcionen su completo conocimiento». La Comisión estaba integrada por el director, el argelino Carlos Manó, por Francisco Javier Tapia, como botánico y dibujante, por Lázaro María Girón, como auxiliar técnico, por Rubén J. Mosquera, como amanuense y auxiliar del secretario, y por un secretario, cuyo nombramiento recayó en Jorge Isaacs. Este último quedó encargado de revisar y redactar los trabajos, y escribir sus propias observaciones, preferiblemente acerca de los siguientes temas: «Descripción de la naturaleza física en el terreno recorrido, costumbres de los habitantes, grado de adelantamiento moral e intelectual que hayan alcanzado por virtud, sobre todo de la enseñanza pública, y dirección de las escuelas en que ésta se dicta; probable desarrollo de la población por el régimen higiénico de los grandes centros que visite; una estadística sencilla de las aguas medicinales». Estas observaciones debían publicarse en los Anales de Instrucción Pública. El contrato se firmó por el término de un año, prorrogable a voluntad de Isaacs. El gobierno de la Nación se comprometía a pagarle puntualmente, por semestres adelantados, el suelo anual de $ 3000. En octubre de 1881 Isaacs salió de Bogotá con destino al Estado de Magdalena. En los diez meses siguientes exploró la región occidental, los «desiertos de Aracataca», donde descubrió yacimientos carboníferos. En sus informes, esbozó sus planteamientos sobre las posibilidades de explotación de las hulleras y del desarrollo agrícola de la región, mediante la colonización con gente laboriosa y pacífica del Estado de Santander. Visitó el territorio de los motilones, la Sierra Nevada y luego la Guajira. El gobierno incumplió con los pagos establecidos, lo cual obligó a Isaacs a contraer préstamos. Por esta y otras razones, continuó las exploraciones por su propia cuenta. Como resultado quedaron los informes oficiales publicados en el Diario Oficial y en diversos periódicos, la mayoría de los cuales fueron recogidos bajo el título “Hulleras de Aracataca”, y un trabajo de tipo etnolingüístico, “Estudio sobre las tribus indígenas del Magdalena” (1884), en el cual, al lado de las observaciones geográficas e históricas, encontramos vocabularios y observaciones sobre las lenguas businca, motilona y guajira. Este escrito le valió una crítica feroz de su antiguo amigo Miguel Antonio Caro, quien en el artículo titulado “El darwinismo y las misiones”, hacía referencia al darwinismo y al judaísmo de Isaacs desde una perspectiva católica. Anteriormente el nombramiento de Isaacs como secretario de la Comisión había suscitado las críticas y las burlas de Rafael Pombo, en el periódico El Conservador, a las que respondió Isaacs con acrimonia; de igual manera, se había referido irónicamente a «los arqueólogos chibchas de gorro y pantuflas» en una carta de 1886. Después de una pausa, Isaacs reanudó sus exploraciones primero en la región meridional de Cundinamarca, donde en unas cavernas encontró numerosos cráneos de hombres muy antiguos, dos de los cuales creyó ingenuamente «son de hombres simios y que pueden representar el eslabón perdido». En noviembre de 1886 inició su segundo viaje a la Costa Atlántica. Antes de partir celebró contrato con el Ministerio de Hacienda, «para la explotación de las hulleras de Aracataca y las que se descubran en el macizo de la Sierra Nevada de Santa Marta, Territorio de la Guajira y el Golfo de Urabá». En este segundo viaje lo acompañaron su hijo Jorge y un fiel servidor, Belisario, quien murió en el curso de la exploración y a quien Isaacs dedicó uno de sus mejores poemas. Recorrió la zona de Sevilla, Aracataca y Fundación; luego Montería, Ronda y Masuga. Descubrió yacimientos de hulla en Riohacha, Dibulla, Naranjal y Rincón-Mosquito, petróleo en el golfo de Urabá, y dos yacimientos de fosfato de cal, en la Guajira y en la Isla Fuerte. Al poco tiempo de su regreso de la Costa, tal vez refiriéndose a las críticas de Rafael Pombo y de M. A. Caro, escribió a su primo Jorge Holguín: «Hacer todo eso, arriesgando la vida a todas horas, viviendo entre las tribus bárbaras que devora la peste, o embarcado en una cáscara de nuez y desafiando tempestades […] me parece mejor y más útil y efectivo que hacer odas y madrigales para divertir gratis al público sensible. ¿Qué dice Ud., autor y maestro, de mi sensatez prosaica? Las musas dizque están, por ende enojadas conmigo y desdeñosas. ¡Embustes! Menos enamoradizos habrían de ser. Lo que hay es que no siempre se ha de vivir canturriando: el país está en miseria, y más para que le ayuden que para coronar poetas». De regreso a Ibagué, descubrió en sus alrededores diversas minas de oro de filón y de aluvión, y se propuso establecer una compañía para explotarlas. Isaacs siguió alimentando la esperanza de realizar fabulosos negocios. El espejismo de la riqueza nunca lo abandonó.

Últimos Años

Isaacs pasó los últimos años de su vida (1888-1895) con su familia en Ibagué. Aunque consideraba su residencia en esta ciudad como un destierro, su situación económica lo obligó a permanecer allí. En sus frecuentes viajes a Bogotá, hizo múltiples intentos por conseguir financiación extranjera, en Nueva York y París, para la explotación de las hulleras; un año antes de su muerte cedió sus derechos a la Panamerican Investments Co. Al mismo tiempo (1891), se dedicó a la revisión de la tercera edición de María, en cuyo texto introdujo correcciones sustanciales con miras a una cuarta edición definitiva, que no llegó a publicarse antes de su muerte; a la composición de un extenso poema sobre Antioquia titulado “La Tierra de Córdova” (1893); y a la investigación documental para una trilogía sobre la historia del Gran Cauca, que debía estar conformada por las novelas Fania, Camilo (o Alma negra) y Soledad. La gran novela histórica sobre el Cauca quedó, sin embargo, en la mente de su autor. Isaacs murió en Ibagué, el 17 de abril de 1895, sin haber logrado superar la visión romántica del mundo que dejó plasmada en su única novela y obra maestra María. Por sus múltiples intereses y actividades Isaacs fue, como pocos, uno de los hombres más representativos del siglo XIX colombiano. De su corta pero intensa vida, que tiene todos los ingredientes de una novela de aventuras, quedan abundantes escritos no sólo literarios. Aunque es conocido exclusivamente como el autor de María, obra a la que debe su lugar privilegiado en la historia literaria, Isaacs nunca estuvo apartado de la literatura, ni antes ni después de María. Aunque no logró plasmar su gran novela histórica que superara a María, dejó una copiosa obra poética, en la que se destaca, entre otros, un poema tan inmerecidamente desconocido como Saulo [Sobre la obra de Isaacs, ver tomo 4, Literatura pp. 78, 87-88 y “Jorge Isaacs”, pp. 89-100].

Bibliografía

ARCINIEGAS, GERMAN. Genio y figura de Jorge Isaacs. Buenos Aires, EUDEBA, 1967.

CARVAJAL, MARIO. Vida y pasión de Jorge Isaacs. Manizales, Arturo Zapata, 1937. CARVAJAL, MARIO. et al. Jorge Isaacs, hijo de Cali. Cali, Carvajal & Cía., 1943.

GOMEZ VALSERRAMA, PEDRO. Jorge Isaacs. Bogotá, Procultura, 1989.

VELASCO MADRIÑAN, LUIS CARLOS. Jorge Isaacs. El caballero de las lágrimas. Cali, Editorial América, 1942.

VELASCO MADRIÑAN, LUIS CARLOS. El explorador Jorge Isaacs. Cali, Imprenta Departamental, 1967.

Jorge Isaacs
Grabado de R. Leblond, 1903. Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

Jorge Isaacs.
Oleo de Luis Alberto Acuña, Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá.

* Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.